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La Molina, 08 de mayo del 2008
El poder de las madres
¡Qué hermoso misterio el don de la maternidad! Celebrar a las madres cada año es volver a reflexionar sobre esta hermosa vocación que Dios nos da a las mujeres. La celebración del Día de la Madre es ocasión para agradecerles por sus cuidados maternales. Es celebración de la maternidad y por lo tanto celebración de la vida misma. El milagro de la maternidad es una epifanía, una transparencia del don creador de Dios y de su amor particular por cada uno de nosotros, amor personal, único, dedicado, como es el amor de la madre por cada uno de sus hijos. Amor que quiere más a los más débiles, al más despistado, al más frágil, amor que en ocasiones ama más a los hijos que a sí mismas.
Como será esto que en la Sagrada Escritura , cuando el Señor quiere decirnos cuánto nos ama utiliza una imagen de tonos maternales que todos podemos comprender: “¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, para no compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ella se olvide, yo nunca te olvidaré.” (Isaías 49:15) Y si queremos buscar la imagen más sublime del “poder” de la maternidad basta levantar la mirada a María, a quien Dios mismo quiso llamar Madre.
Y dicho todo esto, no puedo evitar pensar que es todo un signo de nuestros tiempos que el mundo contemporáneo haya rebajado la maternidad a un tema secundario, personal y a veces hasta molesto e inconveniente para la producción. Nos acordamos de la maternidad en estos días, pero el resto del año decimos a la mujer que es su aporte laboral o su belleza física lo que en verdad cuenta. ¿Cuántas mujeres terminan pensando que el tiempo dedicado a los hijos es tiempo perdido, que limita su despliegue como personas? El don de “ver” y conocer a su hijo también puede opacarse hasta casi perderse. Una madre sí puede “olvidar”¨ al hijo de sus entrañas y dejar tras de sí un corazón frío y resentido, un corazón que no se sabe amado e incapaz a su vez de amar al otro.
La maternidad física o espiritual de la mujer es una alianza con Dios para manifestar la fecundidad de la vida en todas sus dimensiones, elevada hasta lo heroico, hasta abrazar las miserias humanas, hasta cuidar de la vida olvidada y rechazada.
La madre que “ve” a su hijo como es auténticamente y que no solo le protege sino que lo forma y encamina para que descubra sus dones y combata efectivamente sus fragilidades está colaborando de una manera especial con el Creador y esta desplegando de la manera más plena su propia vocación. La maternidad no se agota con el parto, es más, crece, en la medida en que continúa comunicando la vida, haciendo posible la vida en sus hijos. La vida física ciertamente, pero también la vida intelectual, afectiva, y sobre todo la vida espiritual, fuente de felicidad que pueda durar. La madre que lleva a sus hijos y a su marido con ella al Cielo es ese tesoro hermoso que un hombre encuentra y por el cual lo cambia todo.
Atentamente,
Carmen Ibarra
Directora
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